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Sostenibilidad y cadena agroalimentaria

La Cadena Agroalimentaria ¿compromete la sostenibilidad? ¿Es sostenible, en sí misma?

La alimentación es  una componente esencial de la salud, la calidad de vida y el bienestar. La actividad de producción, comercialización y distribución de alimentos debe ser considerada en cada uno de los tres pilares del Desarrollo Sostenible: El medioambiental, el económico y el social, e interactúa con todos ellos.

José Ignacio Arranz, Director General del Foro Interalimentario
José Ignacio Arranz es veterinario, Diplomado en Salud Pública, y en Microbiología e Higiene Alimentaria por la OMS. Consultor internacional de FAO y OPS, fue Director Ejecutivo de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición los años 2004-2008.

Conceptos: Diversas facetas, un único significado

“Sostenibilidad”, “Desarrollo sostenible”, son conceptos relativamente recientes, y aún en continua evolución. Ha sido en las últimas décadas cuando ha ido tomando forma y alcanzándose un consenso creciente en cuanto a su significado o significados.  

Pero términos como “Sostenibilidad”, “Desarrollo Sostenible” y otros que los acompañan en primer grado de vecindad, se utilizan actualmente en los más variados contextos y con muy diversas orientaciones. El uso del término “sostenibilidad” hace incursiones al terreno del abuso, hasta tal extremo que algunos estudiosos de la sostenibilidad como disciplina,  no dejan de reconocer que el concepto se enfrenta a una crisis hipotética de su definición, dimensiones, límites y alcances, e incluso ha perdido legitimación al ser utilizado meramente como un adjetivo.

Es indudable, pese a todo, que contamos con referencias conceptualmente válidas que nos permiten abordar  las diversas facetas de interrelación sostenibilidad / cadena agroalimentaria.  La Cadena Agroalimentaria y el Medio Ambiente conforman una relación que puede – y debe- ser evaluada en términos de “Sostenibilidad”. Y también procede analizar la “Sostenibilidad” de la propia Cadena Agroalimentaria. Máxime cuando ambas aproximaciones al binomio Sostenibilidad / Cadena Agroalimentaria están claramente interrelacionadas.

Definiciones de “Sostenibilidad” como la de A. Olite (“Economía con consideraciones sociales y medioambientales que no compromete el desarrollo de las siguientes generaciones”), o de “Desarrollo Sostenible” como la recogida en el Informe Brundtland “Nuestro Futuro Común”  , asumida en el Principio 3.º de la Declaración de Río de1992 (“Satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las del futuro para atender sus propias necesidades”), ofrecen el necesario equilibrio entre amplitud y concreción para abordar  la cadena agroalimentaria como agente y como tributaria de sostenibilidad.  

El acercamiento a la Cadena Agroalimentaria precisa además recordar, aun sumariamente, los que se han reconocido como “los tres pilares del desarrollo sostenible” o el “triple bottom line” : ambiental o ecológico, económico y social. El “triple bottom line” o triple resultado resultaría de un conjunto de indicadores de actuación en las tres áreas. (Figura 1)

FIGURA 1 Esquema de los tres pilares del desarrollo sostenible

Sobre esta necesaria conceptualización y considerando que el término "desarrollo sostenible" aparece en numerosos discursos, pero su aplicación es muy diversa y en ocasiones perversa, abordaremos tanto la incidencia de la cadena agroalimentaria en la sostenibilidad, como las necesidades de sostenibilidad de la propia cadena, analizando mediante datos objetivos algunas de las tesis que han venido afianzándose en la opinión pública.

Cadena Agroalimentaria y sostenibilidad del entorno.

Invocar el Desarrollo Sostenible al considerar la producción agroalimentaria es absolutamente procedente, tanto porque los recursos naturales (superficies cultivables,  agua potable, caladeros…) son limitados y susceptibles de agotarse, como porque una creciente actividad económica sin más criterio que el económico desembocaría en desequilibrios medioambientales graves que podrían llegar a ser irreversibles.

En este marco, colisionan ideologías que defienden la posibilidad de compatibilizar el crecimiento económico con la preservación ambiental mediante el aumento de la productividad (producir más, consumiendo menos recursos y generando menos residuos) y con la equidad social para la mejora general de las condiciones de vida (lo que no siempre es inmediato), con otras más radicales, que preconizan las opciones de crecimiento cero y la aplicación del Principio de Precaución entendida como dejar de realizar determinadas actividades productivas mientras no se demuestre que no son dañinas. Un ejemplo bien ilustrativo de esta polémica lo encontramos en la producción agrícola, particularmente en la incorporación de la biotecnología basada en la modificación genética.

Otros defienden que el respeto al medio ambiente no es posible sin reducir la producción económica (aquí el caso palmario sería la cría ganadera y su aportación a la producción y emisión de Gases Efecto Invernadero), ya que actualmente estamos por encima de la capacidad de regeneración natural del planeta  tal y como demuestran las diferentes estimaciones de huella ecológica (cada habitante del planeta estaría utilizando, por término medio, 2’7 Ha de su ecosistema, cuando la sostenibilidad tendría su límite superior en 1’8 Ha/habitante). También cabe preguntarse si la defensa de una sostenibilidad medioambiental así entendida no llegaría a comprometer la sostenibilidad y pervivencia de la propia cadena agroalimentaria y de sus agentes…

Despiece:

[CABE PREGUNTARSE SI LA DEFENSA DE UNA SOSTENIBILIDAD MEDIOAMBIENTAL ASÍ ENTENDIDA NO LLEGARÍA A COMPROMETER LA SOSTENIBILIDAD Y PERVIVENCIA DE LA PROPIA CADENA AGROALIMENTARIA Y DE SUS AGENTES]

Analizaremos, como escenarios concretos, los ejemplos mencionados: La interrelación cadena agroalimentaria / sostenibilidad en la producción de alimentos de origen vegetal y en la explotación ganadera de animales de abasto.

Producción de alimentos de origen vegetal y Sostenibilidad

La producción agrícola convencional no es, ni con mucho, un ámbito pacífico en cuanto a las polémicas relativas a la sostenibilidad. Las discusiones en el Codex Alimentarius  ilustran cumplidamente una parte de estas tensiones. La Unión Europea, al menos desde el comienzo de la década de los ’90 (Directiva 91/414/CE)   viene adoptando medidas de ordenación y restricción creciente en el empleo de plaguicidas. Invoca un concepto de Seguridad Alimentaria, “Food Safety”, que para la UE equivale a inocuidad, esto es, protección de la salud de las personas, como razón primera y sin perjuicio de la valoración de los aspectos medioambientales, que igualmente se consideran. Sin embargo, países con economías emergentes y potencial de exportación, junto con otros netamente en vías de desarrollo que precisan de una producción agrícola al servicio de su propia “seguridad alimentaria” (El concepto de Seguridad Alimentaria definido por la FAO, “Food Seccurity”, no es el de la UE: “Existe seguridad alimentaria cuando todas las personas tienen en todo momento acceso físico y económico a suficientes alimentos inocuos y nutritivos para satisfacer sus necesidades alimenticias y sus preferencias en cuanto a los alimentos a fin de llevar una vida activa y sana”) se oponen a esas políticas restrictivas.  Surge la sostenibilidad como telón de fondo, desde muy diversas facetas y al servicio de tesis enfrentadas, que podríamos resumir en tres posturas:

  • Productos de origen vegetal que superen los límites máximos de residuos de plaguicidas, no son aptos para el consumo humano, según las políticas de países desarrollados que pueden anteponer la protección de la salud a otros intereses, aun legítimos. Tales productos no serán, por tanto, importados por economías potentes, con lo que se rompe su cadena de valor.
  • Sin plaguicidas no se puede producir en la cantidad necesaria para exportar o, incluso, para autoabastecerse. Políticas con proyección de futuro a medio plazo centrada en aspectos económicos, pero carentes de proyección a largo plazo con sensibilidad medioambiental.
  • El empleo de plaguicidas es nocivo para el medio ambiente y compromete en todos los casos la sostenibilidad, por lo que procede preconizar políticas de tolerancia cero y alternativas amigables como el medio ambiente, como la producción ecológica. Se compromete así la cadena agroalimentaria en sí misma, tanto por la insuficiencia de una producción que prescinde de medios auxiliares, como por el encarecimiento para el consumidor final –y, por ende, dudosa y escasa demanda- de los productos obtenidos mediante alternativas con menor incidencia en la sostenibilidad del medio, pero que no añaden otros valores en términos de calidad que puedan ser percibidos como tales por el consumidor final.

Equilibrios ciertamente complejos entre la sostenibilidad medioambiental y la de la propia cadena agroalimentaria, entendida tanto como cadena trófica, como contemplada como cadena de valor.  

Aún más complejo es el escenario alternativo de la biotecnología, las variedades vegetales obtenidas mediante modificación genética (vulgo “transgénicos”). Según sus defensores, al servicio de una menor utilización de plaguicidas y una mayor capacidad de producción... En definitiva, en pro de la sostenibilidad, tanto desde el punto de vista ambiental, como desde la óptica de la sostenibilidad de la cadena agroalimentaria que vería así asegurada su pervivencia en cuanto a la producción de determinados cereales, leguminosas  u hortalizas. En la parte opuesta, la consideración de la biotecnología aplicada a la producción agrícola como un atentado a la sostenibilidad, tanto medioambiental (pérdida de biodiversidad) como de la propia cadena de valor agroalimentaria (desde el “lock-out” del agricultor que no puede cultivar sus propias semillas de siembra hasta el consumidor final que, en aras de una política de tolerancia cero, sea asumida por convencimiento o por el estímulo de temores no fundados en materia de inocuidad, rechazará la compra y el consumo de los productos con ingredientes modificados genéticamente).

Es este un caso paradigmático en el que la sostenibilidad de la cadena puede verse comprometida por la carencia de una información veraz, completa, accesible y fundamentada en la ciencia. Los pilares del Desarrollo Sostenible (Medioambiental. Económico y social) se reproducen claramente en el debate de la sostenibilidad y la biotecnología, aunque en muchos casos, más que interrelacionarse, se “contaminan entre sí”, mediante incursiones del debate social y, específicamente, sanitario, en escenarios medioambientales, de política agrícola y económicos.

La sociedad rechazaba la utilización alimentaria de transgénicos en los primeros ’90 porque los instrumentos normativos de control entonces vigentes (Directivas 90/219/CE y 90/220/CE, sobre utilización confinada y liberación intencional de OGMs al medio ambiente) ponían el acento, de forma predominante o casi exclusiva, en la evaluación del riesgo medioambiental, obviando otros requerimientos demandados por el consumidor, como la evaluación específica del riesgo alimentario y la información accesible en el etiquetado del producto final. Al menos teóricamente, la sostenibilidad medioambiental se veía salvaguardada. No así la de la cadena agroalimentaria en cuanto a la incorporación a la misma de productos vegetales resultantes de innovación biotecnológica, que se rechazaban. Y se vería comprometida, también, por la dificultad creciente de contar con determinadas variedades convencionales en las cantidades necesarias y a precios competitivos, ya que aquéllas, también teóricamente, estarían llamadas a convertirse en un “bien escaso”, por más que la demanda de tales variedades convencionales no modificadas genéticamente fuese en aumento por parte de los consumidores.  

Este fue el “caldo de cultivo” de una moratoria “de facto” al cultivo de variedades vegetales modificadas genéticamente, que debería venir a resolverse con la adopción, a mediados del 2004, de un paquete de Actos comunitarios (Reglamentos 1829/2004/CE y 1830/2004/CE, Directiva 2001/18/CE, los más relevantes) que venían a resolver las carencias denunciadas. Asumiendo que la evaluación de riesgos, medioambiental y alimentario, podía verse afectada por nuevos hallazgos, se habilitó a la European Food Safety Authority, EFSA, de la UE, a centralizar dicha evaluación  científica y a emitir dictámenes de actualización frente a cualquier sospecha que comprometiese las garantías sanitarias o medioambientales, tratando de asegurar de esta forma una faceta de la sostenibilidad en su doble vertiente, “ad extra” (potencial agresión de la producción agroalimentaria biotecnológica a la sostenibilidad medioambiental) y “ad intra” (incidencia en los aspectos sanitarios - y, por ende, sociales y económicos de la sostenibilidad- de la propia actividad de producción y comercialización agroalimentarias).  

Producción de alimentos de origen animal y sostenibilidad: Impacto de las explotaciones ganaderas en el cambio climático

Un ámbito de la producción agroalimentaria al que se acusa frecuentemente de comprometer la sostenibilidad en su acepción más medioambiental, es la producción ganadera. Son frecuentes, y más de un tiempo a esta parte, las imputaciones en la emisión de gases de efecto invernadero atribuidas a la cría ganadera, hasta extremos que llegan a desaconsejar el consumo de carne, haciendo pretendida causa común con interpretaciones desacertadas de las diversas pirámides nutricionales que aconsejan la drástica reducción de la presencia de las carnes en cualquier dieta que pretenda ser calificada de equilibrada o saludable.

Asertos como el de Jeremy Rifkin, Presidente de la Fundación de Tendencias Económicas (“Estamos destruyendo el Amazonas para alimentar vacas”); sugerencias como la de la  Asociación Vegetariana APEV (“Reducir o eliminar el consumo de carne es algo que los ciudadanos pueden hacer cada día para ayudar al planeta”) y otros similares en boca de personas que, por haber recibido un Nobel, haber ejercido la vicepresidencia de un gran país o haber formado parte de un celebérrimo grupo musical, merecen presunción de veracidad para la sociedad, se situarían en el terreno de la denuncia en defensa de la sostenibilidad medioambiental, pero en contra de la sostenibilidad de una parte importantísima de la cadena agroalimentaria.

La Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, FAO, atribuyó a la cría ganadera una contribución media global del 18% en la emisión de Gases de Efecto Invernadero (GEI), por lo que mantiene que  “la ganadería es uno de los máximos responsables de las emisiones asociadas al calentamiento global”. Sin embargo, esa cifra resulta de calcular la media de los datos aportados por los distintos Países miembros de FAO, y ni siquiera todos ellos estuvieron en condiciones de facilitar información de su práctica ganadera que contribuyese a dicho cálculo (que hoy, además, está cuestionado por razones metodológicas). Ese 18% con el que se pretende calificar la actividad en su conjunto resulta de conjugar situaciones que llegan a aportaciones del 30% con otras que no superan el 10%.  

El Desarrollo Sostenible tiene lugar cuando se da un equilibrio razonablemente armónico entre sus tres pilares, y no resulta de la contraposición de unos y otros. Cualquier medida relativa a las actividades productivas no sólo tiene efectos negativos o positivos sobre el medio ambiente,  sino que también influye en la economía de las empresas, en el empleo y el tejido social.

Despiece:

[CUALQUIER MEDIDA RELATIVA A LAS ACTIVIDADES PRODUCTIVAS NO SÓLO TIENE EFECTOS SOBRE EL MEDIO AMBIENTE,  SINO QUE TAMBIÉN INFLUYE EN LA ECONOMÍA DE LAS EMPRESAS, EN EL EMPLEO Y EL TEJIDO SOCIAL]

Para que la producción ganadera sea sostenible es obvio que debe comenzar por no aniquilar a medio plazo el entorno en el que tiene lugar. Y, más allá de comentarios o sugerencias, cualquier medida de ordenación o incluso restricción de la cría ganadera, instrumentada mediante actos normativos, deberá basarse en un análisis objetivo, un diagnóstico de la situación que se pretende regular, cuando tal restricción puede llegar a comprometer la sostenibilidad de la actividad económica de la cadena agroalimentaria.

Por estas razones, el Foro Interalimentario, asociación sin ánimo de lucro para la información y formación de los consumidores y la sociedad en materia alimentaria, encomendó la realización (Lavola  , marzo de 2009)  de un Estudio de la influencia de las explotaciones ganaderas españolas en el cambio climático, para conocer el dato objetivo en el peor escenario teórico y determinar la influencia real en el cambio climático de las explotaciones españolas, teniendo en cuenta la realidad sectorial, las producciones, los sistemas de explotación e incluso las previsiones de futuro.  

El Estudio considera presente y futuro de la ganadería española analizando la evolución del sector, el impacto económico, la distribución de sectores ganaderos, la productividad y otros factores, para llegar a diagnosticar el impacto real de la ganadería española en el cambio climático.  

Se tuvieron en cuenta tanto las fuentes de impacto directo (Figura 2) como las de impacto indirecto, como el consumo de agua, tanto para ingesta como para labores de limpieza. Los resultados parten del “Inventario de emisiones de gases efecto Invernadero de España, años 1990-2006” que España presenta a la Comisión de la Unión Europea, en cumplimiento de lo establecido en las Decisiones del Parlamento y Consejo Europeos 280/2004/CE y 2005/166/CE, y que responde a las directrices metodológicas del Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC). Identificando la población ganadera anual y sus emisiones por especies, y aplicando los correspondientes factores de emisión.  

FIGURA 2

Los cálculos se realizaron sumando a los datos sobre ganadería (fermentación entérica, gestión del estiércol y pastoreo) los resultados procedentes de otros vectores analizados  (aplicación de fertilizantes al suelo para la producción de pienso, cambios en el uso del suelo, deforestación, consumo eléctrico de las explotaciones y consumo eléctrico por fabricación de piensos). Los primeros, datos sobre ganadería, arrojaron un subtotal del 6,38 % de emisiones GEI, en tanto que los restantes vectores totalizaron un 2,88%.  Es de señalar que algunos estudios no consideran las fuentes de impacto indirecto, ni añaden el análisis de otros vectores a los datos estrictamente ganaderos. La consideración de ambos sumandos persigue la obtención del diagnóstico menos favorable dentro del máximo rigor objetivo. Aún así, el total de la contribución de GEI de la ganadería española se sitúa en un 9,26%, prácticamente la mitad del 18% atribuido por la FAO como valor medio de la ganadería mundial. Y el dato resulta aún más  relevante si se considera que España es el 2º productor de carne europeo y el 7º productor de leche, y que el sector ganadero en España sólo ha incrementado un 0,63% sus emisiones en el periodo 2001-2006, aunque las emisiones globales de España se incrementasen un 12,42% en ese mismo periodo. Porque la ganadería, comparada con  otros sectores emite 2,7 veces menos que el transporte, 1,7 veces menos que la industria manufacturera y 2,9 veces menos que el sector energético.

Ante tales resultados, obtenidos mediante un estudio riguroso, se sustenta con dificultad, al menos en España, la imputación de agresión a la sostenibilidad ambiental por parte de la producción agroalimentaria ganadera.  Sin embargo, es una imputación tan frecuente como, al menos hasta hoy, infundada, como se está ratificando además en estos días, en los que asistimos a una tímida petición de excusas por parte del IPCC, que reconoce errores en sus proyecciones, y cuestionamiento en los medios de alguno de los “apóstoles” del cambio climático, cuya continuidad se pone en duda.

Concluyendo que la producción ganadera no compromete la sostenibilidad medioambiental, procede ahora analizar, teniendo en cuenta el impacto económico de la producción ganadera,  cómo se podría resentir dicha actividad y, por ende, su sostenibilidad y la de la cadena de valor agroalimentaria ante tales imputaciones continuadas.

Según datos del Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino, la ganadería supone un 35 % de la producción final agraria. Y según el Instituto Nacional de Estadística, la contribución de la Agricultura (conjunto agricultura, ganadería, pesca y silvicultura) al PIB nacional representa un 3%, del cual un 2% a corresponde a la ganadería y sólo un 1% a otros sectores de la agricultura. En los últimos 3 años (2005-2008) la producción final del sector ganadero aumentó, en tanto que la producción final agraria disminuyó.

Ya en el plano global, según diferentes estudios, entre los que destaca el Informe del International Food Policy Research Institut, en el 2020 la ganadería producirá más de la mitad del total del valor del producto agrícola mundial, con menos explotaciones, pero de mayores dimensiones y con tendencia creciente a la especialización y tecnificación.

Volviendo a la consideración de los tres pilares del Desarrollo Sostenible, comprobamos que se ha podido acentuar en exceso la componente medioambiental, en potencial detrimento de la económica y la social.  Son diversos los aspectos negativos que se han ido predicando de la carne, desde su precio – acaso falta información objetiva que se imponga a las percepciones en esta variable, y falta información acerca del valor nutricional y posibilidades culinarias de carnes distintas de las “extra” y las “1ª A”- , sus presuntas desventajas nutricionales y, como hemos comentado, los efectos medioambientales de su producción.

Merece la pena detenerse en el aspecto social y, concretamente, en el sanitario, analizando algunas cuestiones en el ámbito de la nutrición y la salud pública. Un concepto equivocado de alimentos y dieta ha llevado a recomendar enormes restricciones de las carnes (plural que se justifica porque consideramos, como en lo medioambiental, todas las especies de abasto) en la alimentación, y prácticamente a procribirlas en el concepto teórico de “Dieta Mediterránea”.  Toda la comunidad científica sostiene que los alimentos, considerados individualmente, no son intrínsecamente buenos ni intrínsecamente malos. Es la dieta, en su conjunto y acorde con la actividad física desempeñada, la que puede llegar a ser equilibrada o nutricionalmente inadecuada.  La descontextualización de las carnes de la consideración integral de la dieta y los estilos de vida ha llevado a prescribir consumos tan restringidos que, tratando de evitar un problema de salud (¿dislipemias?) generan otros, carenciales, por defecto. Existen numerosos estudios que analizan las carencias de hierro en mujeres en edad fértil. Destacaríamos, entre otros, los numerosos trabajos, en los últimos años, de Rosa Mª Ortega, de la Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense. En ellos se constata que tales situaciones de anemia ferropénica coinciden, en la inmensa mayoría de los casos, con una insuficiente ingesta de carne, y coincidentes con percepciones negativas de dicho alimento en cuanto a su valor calórico (“engorda”), perfil lipídico e idoneidad en la dieta.

Es evidente que quien no consume carne, no la compra. Si consideramos en secuencia retrógrada su cadena de producción, encontraremos que la falta de demanda generará, inicialmente, pérdidas de stocks producidos o en curso (la producción de carne comienza muchos meses antes de su comercialización, seleccionando la genética de los animales productores y programando su reproducción, para producir aquéllas cantidades que la sociedad vaya a demandar). Si la falta de demanda se mantiene o se agrava, esa secuencia retrograda nos lleva a un productor primario, ganadero, que produce animales de actitud cárnica, pero que cada vez los colocará con mayor dificultad en los mercados.  Consideremos la cadena en el sentido que queramos, retrógrado o anterógrado, todos sus eslabones –producción, transformación y distribución- se resentirán de forma creciente. En otras palabras: Su Sostenibilidad, la sostenibilidad de la cadena agroalimentaria de producción de carnes y productos cárnicos, se vería objetiva y seriamente comprometida.  

Del tratamiento desequilibrado de los pilares del desarrollo sostenible se siguen, por tanto, consecuencias económicas y sociales, y éstas,  colectivas e individuales.

Sostenibilidad de la propia Cadena Agroalimentaria: Sostenibilidad y Cadena de Valor

El caso de las interrelaciones medio ambiente / economía / sociedad analizado para la producción cárnica, nos lleva a reflexionar acerca de la sostenibilidad de la propia cadena agroalimentaria, en sí misma, y entendida antes como cadena de valor que como cadena trófica.

La cadena de valor en alimentación se estructura, como la propia cadena alimentaria, sobre una serie de fases o categorías de actividad en sucesión secuencial y, a la vez, interrelacionadas entre sí. La máxima “del campo a la mesa”, que se ha convertido en el “leit motiv” de la seguridad alimentaria moderna, responde igualmente a la estructura de la cadena de formación de precios de los alimentos.

El concepto de la cadena de valor, según Michael Porter, es un modelo que ayuda a analizar actividades específicas a través de las cuales las empresas pueden crear valor y ventajas competitivas, desde la creación de la demanda hasta que ésta es satisfecha con la entrega del producto final.  

Las cadenas de valor actuales son las supervivientes de muchos años sometidas a los avatares del mercado. Han venido siendo sostenibles porque han sido razonablemente eficientes.

La cadena de valor moderna, para asegurar su sostenibilidad, debe ser eficiente, y competitiva. Evitando teorizar, analizamos someramente el modelo que se constata en las empresas del Foro Interalimentario. Eficiente, eliminando todo aquello que no añade valor, ni a eslabones ulteriores ni al consumidor final, asumiendo que el objetivo es perseguir aquello que es lo mejor para todos: Para el productor primario, para el industrial, para el distribuidor… y para millones de consumidores. El consumidor debe estar en el centro de todas las decisiones. La cadena es sostenible si el consumo la sostiene. La innovación puede ser clave para la sostenibilidad, si parte del conocimiento de las necesidades reales del consumidor, sin querer confundirlas (ni confundirle) con invenciones  artificiales que no añaden valor. Y cada eslabón ha de interiorizar que, para poder estar satisfecho, debe comenzar por satisfacer a los demás.  Son bases incuestionables para aspirar a que toda la cadena esté bien retribuida y, por ende, sea sostenible.    

Nada de lo anterior resulta posible si la cooperación no preside las relaciones entre los distintos eslabones, particularmente las relaciones con el productor primario. Modelos de interrelación que cifren la clave del éxito en el establecimiento relaciones estables, a medio y largo plazo, con los proveedores. Pero difícilmente hay estabilidad sin transparencia, que permita, a unos y a otros, saber qué están invirtiendo y por qué lo tienen que invertir.

El consumidor informado contribuye a la sostenibilidad

Se han instalado muchos mitos en torno a las amenazas de sostenibilidad de la cadena agroalimentaria en su consideración como cadena de valor, y obedecen en gran medida a la desinformación. Es frecuente escuchar que la sostenibilidad se ve comprometida porque la distribución está muy concentrada, y eso perjudica a la competencia, cuando en la distribución española el nivel de concentración es menor, y la capacidad de elección del consumidor, mayor que en la mayoría de los países europeos. También se cuestiona la eficiencia: La cadena tendría muchas ineficiencias porque los márgenes son excesivos, y eso perjudica al consumidor. La realidad es que los precios de alimentación en España son los más bajos de la UE, porque nuestro sistema de distribución es muy eficiente y el consumidor se beneficia de ello.  

Despiece:

[LA SOSTENIBILIDAD PUEDE COMPROMETERSE DE MUCHAS FORMAS, QUE LLEVEN A OBVIAR QUE EL CONSUMIDOR ES EL ESLABÓN FINAL DE LA CADENA DE VALOR]

Por último, se afirma que el peso de la distribución perjudica a los agricultores, que no tienen poder de negociación, por estar muy atomizados en tanto que la distribución está muy concentrada. La cadena está integrada, en España, por casi 330.000 puntos de venta de alimentación (minoristas, super e hipermercados), unas 31.000 empresas alimentarias y 3.000 cooperativas agroalimentarias… Si consideramos que las compras de la Industria Alimentaria en España alcanzan el 75% del total de la producción agraria (Fuente: FIAB); que el peso de la Red de MERCAS en la comercialización de los productos frescos en España supone el 70% del total comercializado (Fuente: Mercasa); y que el comercio tradicional tiene el 46% del mercado de productos frescos en España, cabe preguntarse cuál es el poder real de la Gran Distribución en España sobre los productores agrarios… Lo cierto es que la distribución no negocia ni fija precios a los agricultores. Sus proveedores son la industria o las grandes cooperativas, que compiten entre si, igual que el resto de eslabones.

La sostenibilidad puede comprometerse de muchas formas, que lleven a obviar que el consumidor es el eslabón final de la cadena de valor. Mantenerle informado y conocer sus necesidades, contribuye a la sostenibilidad de la cadena.

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